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domingo, 13 de julio de 2014

No hay que ser muy sagaz ni un especialista en la materia para arribar a una conclusión inequívoca: la final de hoy ante Alemania, en el mítico Maracaná. es el partido más importante de la Selección argentina en los últimos 24 años . Porque se define una Copa del Mundo, claro está, instancia a la que no se arriba desde 1990. Y porque el fútbol de nuestro país tiene la chance de volver a ser, de volver a vivir, de volver a sentirse potencia en serio por presente y no por historia.

En estas casi dos décadas y media, Argentina ganó dos ediciones de la Copa América, ambas con Alfio Basile, en Chile 91 y en Ecuador 93; y dos medallas de oro olímpicas, en Atenas 2004, con Marcelo Bielsa; y en Beijing 2008, con Sergio Batista. Punto, nada más. Títulos valiosos, por supuesto, pero sin la relevancia de una consagración en un Mundial. Aunque suene duro, y hasta quizás injusto, la Selección empezó a ser mirada con otros ojos a partir de sus conquistas en Argentina 78 y en México 86. Antes de eso, si se nombraba a Argentina -incluso, puertas adentro-, se hacía referencia con una cuota de sorna a los campeones morales. En estos 24 años de pesares y de desconsuelos, hasta ese rótulo se perdió.

¿Cuántas Copas del Mundo pasaron hasta acá? Cinco. En el 94, en Estados Unidos, la Selección de Basile resultó eliminada en octavos por Rumania, luego del tremendo golpe que significó el resultado positivo en el control antidóping de Diego Maradona tras la victoria sobre Nigeria. En el 98, con Daniel Passarella, se inició la maldición de los cuartos : Holanda venció 2-1 al final, en un partido recordado por la roja a Ariel Ortega (por su cabezazo al arquero Van der Sar). En el 02, bajo la conducción de Marcelo Bielsa, se produjo la mayor desazón: no se superó la primera ronda en un grupo accesible que también integraban Suecia, Inglaterra (los dos clasificados) y Nigeria. En el 06, con José Pekerman, y en el 10, con Maradona como técnico, Alemania -ambas en cuartos- se transformó en un verdugo inflexible; la primera vez, en Berlín, en la lotería de los penales; la segunda, en Ciudad del Cabo, con un lacerante 4-0. Cinco Mundiales, entonces. Y una frustración tras otra.

¿Cuántos entrenadores dirigieron a la Selección en este tiempo de vacas flacas? Cinco, también: Basile (en dos ciclos, aunque en el segundo no llegó a la Copa del Mundo), Passarella, Bielsa, Pekerman y Maradona, el de menores antecedentes y sólo convocado por Julio Grondona por su idolatría y por su espalda. Así les fue a los dos... Cada uno con su librito, desde la audacia ilimitada de Coco hasta el tacticismo vertical del Loco, ninguno consiguió encaminar a Argentina hasta una final mundialista. Y en la marcha de los unos y de los otros, sucedieron cosas como para no olvidar. Basile, en su última etapa (después de que Pekerman decidiera alejarse), renunció tras perder 1-0 con Chile en las Eliminatorias porque se dio cuenta de que su mensaje y su forma de trabajar ya no les llegaban a sus dirigidos. Y Batista resultó el único técnico echado por Grondona, después de una traumática Copa América en 2011.

O sea: no todas fueron cuestiones futboleras y tampoco los entrenadores resultaron los únicos culpables de estos años de sombras. Como dueño exclusivo de la AFA, Grondona eligió a los conductores de la Selección por su cuenta y cargo . Y por conveniencias, también, aunque tuviera que bancarse desplantes de algunos de ellos (Passarella y Bielsa) cuando trataba de sugerirles algún asunto futbolístico o de manejo de los grupos.

La responsabilidad de los jugadores, por su lado, quedó nitídamente expuesta en la cancha. Nombres de peso, estrellas rutilantes, figuras en las grandes Ligas, no dieron la talla cuando debieron justificar sus condiciones, sus habilidades y sus personalidades en una Copa del Mundo. Ellos también formaron parte de la decadencia argentina.

Ayer, en su Facebook, Messi escribió: “Mañana jugaremos el partido más importante de nuestras vidas con esta camiseta. Mis sueños y mis ilusiones se están viendo cumplidos gracias al trabajo y el sacrificio de todo un plantel que lo ha dado todo desde el primer día y que ha creído que se podía. Y por nuestra gente, los argentinos, que nos han traído hasta aquí. Pero el sueño no ha acabado, ¡mañana queremos ganar y estamos preparados para ello! #Vamos, Argentina”.

Hoy, entonces, puede ser un gran día, como canta Serrat. Argentina afronta su compromiso más significativo en 24 años. Argentina tiene en sus manos la posibilidad de volver a ser.

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