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domingo, 13 de julio de 2014



Euforia. Nerviosismo. Alegría. Ansiedad. Sí, ansiedad, esa es la palabra que mejor encaja para cada uno de los argentinos que se vino hasta Rio de Janeiro para vivir el día más importante del fútbol argentino en, por lo menos, 24 años. Ansiedad y pasión. Y locura también, porque miles de “locos” inundaron ayer la ciudad carioca, muchos de ellos sin entradas y casi sin expectativas por conseguir el boleto. Y salieron a mostrarse. Casualidad o no, lo hicieron durante el partido de Brasil con Holanda por el tercer puesto del Mundial. Un motivo ideal para dejar más en evidencia que una de las ciudades más brasileñas, hoy es más argentina que nunca.

El puesto 4 de Copacabana, como el día previo al debut con Bosnia, fue el punto más fuerte de concentración de “hermanos” (como le dicen los brasileños a los argentinos). Miles, pero pocos en comparación a todos los que hay en toda la ciudad, se juntaron para rememorar el banderazo del 14 de junio, en esa tarde donde comenzó este amor entre el hincha y la Selección. No faltaron las banderas. Tampoco las camisetas de Messi, Di María o Pipita Higuaín. Ni el celeste ni el blanco. Tampoco el azul que vestirá Argentina ante Alemania. Menos que menos, el fernet y la cerveza. Y como se esperaba, tampoco faltó el hit del Mundial. Todo para redondear una tarde magnífica, que ya había comenzado pasado el mediodía en otros lugares de Río.

La llegada de la Selección también estuvo marcada por el calor de la gente. Algunos pocos se juntaron en el aeropuerto, a donde siguen llegando aviones desde Ezeiza y Aeroparque. Cientos de esos fieles se acercaron hasta el hotel Radisson, en Barra de Tijuca, para darle aliento al equipo en el que están depositadas las esperanzas de 40 millones de compatriotas.

Carlos Bilardo fue el primero en bajar del micro. Luego, Ezequiel Garay, Rodrigo Palacio y Ricky Alvarez. Y siguieron los demás. Todos recibiendo una muestra de afecto. Pero con mesura. Claro, hasta que bajó el Diez y la gente explotó: “Que de la mano, de Leo Messi, todos la vuelta vamos a dar”. Así, Tijuca, una zona tranquila y de alto poder adquisitivo, se llenó del ruido y el sudor de los argentinos. En una tarde en la que el sol quedó tapado por las nubes.

Otro punto de concentración estuvo en el tradicional Cristo Redentor. Aprovechando el viaje para ver la final, muchos decidieron hacer turismo. Y por las largas colas en el Corcovado, el rato para los nuestros se pasó volando al ritmo del hit del momento. Todos, preguntando: “Brasil, decime qué se siente...”.

Y si alguien puede responderle al interrogante al que se refiere la canción, esos son los brasileños. Pero decidieron pegar el faltazo a la cita y se juntaron en el Fan Fest o en los bares de la zona. Es lógico, son pocos los locales que quieren ver las calles invadidas por sus vecinos del sur. Y encima, para dar la excusa perfecta por la ausencia, al equipo de Scolari le tocaba sufrir otra goleada en su casa. Así, perdieron la chance de mostrar el apoyo que tienen preparado para los alemanes. Por un rato, no se vieron esas banderas que son furor en las playas con los colores rojo, amarillo y negro, de Alemania, pero con el rombo de la verdeamarelha (la palabra Deustchland reemplaza al Ordem e Progresso). Tampoco las camisetas suplentes de los teutones, con los mismos colores del Flamengo, equipo que domina en la ciudad y que conquistó a más de uno por el parecido. Por suerte, todo terminó en paz.

En el Maracaná estará el gran punto fuerte esta tarde. Será el centro del universo por un rato, será la capital argentina. Allí, donde hace 28 días comenzó el sueño de muchos, la pelota puede darle una alegría a todos estos dementes que viajaron por una razón: ver a Argentina campeón del mundo.

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