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domingo, 6 de julio de 2014



La clasificación estaba asegurada. No pasaba nada. Hasta el reloj parecía adormecido cuando Messi escapó por el medio de la cancha para afirmar el triunfo con un remate que Leo es incapaz de errar. Pero Courtois le tapó el disparo. Y unos instantes después, otro remate, pero de Witsel, en el arco de enfrente, paralizaba los corazones argentinos en el final. La historia no tenía sentido si la emoción no recorría como un rayo sus entrañas. No se podía saltar el cerco a las semifinales sin sufrimiento, sin dolor y sin lágrimas.

Enseguida en la pantalla gigante apareció una carita pintada de celeste y blanco de un pibe de dientes desparejos que era la imagen de la felicidad. El podrá decir que fue testigo de esta tarde de gloria. Y exponía su sonrisa amplia en esos segundos que le otorgó la televisión para que el mundo sepa a través de esa imagen cómo siente un país.

Abajo un abrazo gigante entre los jugadores cobijaba a todos. Se agitaban las camisetas, las pecheras naranjas y en saltitos cortos el grupo avanzaba por el terreno bendito en el que lograron la clasificación.

Se aflojaron los músculos, algunos se arrodillaron, otros buscaron a la familia en las tribunas y todos soñaron en la misma dimensión.

Se había cerrado esa vieja herida de irse en los cuartos de final que se estiró durante veinticuatro años.

Fue la tarde que menor cantidad de argentinos estuvo alentando en el estadio. Lejos de la abrumadora mayoría que hubo en el debut en el Maracaná, en Belo Horizonte, San Pablo o Porto Alegre. Pero el aliento se abrió camino entre la multitud de brasileños y el puñado de belgas e impactó en el alma.

Los argentinos no estaban dispuestos a abandonar el templo. Ese templo que lleva el nombre de Mané Garrincha, aquel puntero derecho que participó de una buena parte de la época dorada de Brasil.

Cuando los brasileños y belgas emprendieron la retirada. Alrededor de cuatro mil argentinos se amucharon en un rincón del estadio para disfrutar de la proeza. Estuvieron durante media hora en una suerte de desahogo, cantando y bailando, entonando el himno con la garganta encendida.

La fiesta explotó en Brasilia y enseguida se ramificó a todo el país. Hay una semana más para seguir ilusionado con alcanzar la Copa, esa Copa esquiva desde el 86.

Por lo pronto se sepultaron las frustraciones del Mundial 94 cuando Rumania eliminó al equipo del Coco Basile en octavos de final. Hubo venganza de la prematura eliminación en Japón, que nos quitó sueño y sonrisas en aquellas madrugadas. Dejó de doler aquellos penales frente a Alemania que marcaron la despedida de José Pekerman y nuevamente se repitió la historia de dolor en Sudáfrica con los alemanes con aquel cachetazo (4-0) a la Selección de Maradona.

Ahora nos quedan siete días para que toda la geografía argentina siga habitada por gente enfundada en camisetas, con caras pintadas de celeste y blanco, con banderas en los balcones, con bocinazos triunfalistas, con todas esas señales que identifican esta identidad futbolera de los argentinos que se exalta en cada Mundial. Ya fue rodeado el obelisco con el cordón de la alegría de la clasificación.

Hay otra semana para que las oficinas sigan respirando fútbol y los expedientes durmiendo.

Se acabó la generación que no vio jamás a la Argentina entre los cuatros mejores del mundo. Hubo que esperar veinticuatro años. Pero hace veinte días que un grupo de jugadores empezó a modelar esta historia en tierras brasileñas.

La pelota seguirá rodando en la cabeza de todos, hará una pausa a la rutina, se esconderán frustraciones, se generarán nuevas ilusiones. Todo se va a patear para adelante. Que nada interrumpa el Mundial. Ese estado de limbo que oculta las preguntas que nos hacemos y tenemos que resolver a diario. Hay otros dos partidos que son anestesia para todo lo que nos duele.

También hay una generación, de apenas un año, como la de Mateo y Manuel que aprendieron a gritar gol gracias al Mundial. Aunque no sepan lo que significa un gol. Sólo saben que es un sonido que se repite entre los que los rodean. Ellos también viven esta aventura y recién en la próxima Copa sabrán de que se trata.

Sin embargo, perciben que pasa algo. Que hay un alboroto imprevisto en todas partes que acelera el pulso de la gente.

Sí, hay una semana más en el resort de la esperanza, un All inclusive en el que se tramita el pasaporte a la felicidad.

Muchos de los que ayer acompañaron la comparsa de la alegría en los escalones del estadio saben que su excursión tiene fecha de vencimiento, que no podrán estar hasta el final. Pero no les importa porque ellos disfrutaron de una buena porción de este pastel almibarado.

Hasta aquí la gente vivía enamorada de la camiseta, pero el equipo no había entrado en los corazones. Parece que desde ayer se tendió una puente entre ambos. El eslabón que faltaba.

  • Miguel Ángel Vicente

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